Autora Luz Marina Palacios. Educadora, Investigadora y Coach Profesional. Especialista en bienestar emocional, resiliencia y formación docente con más de 25 años de experiencia en proyectos educativos, salud mental comunitaria y liderazgo académico.
“Hay dolores adolescentes que no hacen ruido,
pero apagan lentamente la luz interior de quien los padece.”
—Luz Marina Palacios
Hay una etapa de la vida en la que el ser humano parece caminar entre dos orillas: el niño que fue y el adulto que todavía no sabe cómo llegar a ser. Esa etapa se llama adolescencia. Es un tiempo de cambios, preguntas, silencios, impulsos y emociones que muchas veces aparecen con una intensidad difícil de explicar.
En esa edad, el corazón puede sentirse desbordado. El cuerpo cambia, la mente se inquieta, la mirada sobre sí mismo se vuelve más exigente y el mundo comienza a pedir respuestas cuando el adolescente apenas está aprendiendo a nombrar lo que siente. Por eso, hablar de ansiedad y depresión en adolescentes no es hablar solamente de salud mental; es hablar de escucha, familia, escuela, comunidad y vida.
La ansiedad puede ser una emoción normal. Todos, en algún momento, sentimos tensión, preocupación o miedo ante una situación nueva, un examen, una pérdida o una experiencia que nos reta. Esa ansiedad puede ser temporal y manejable. Pero cuando se vuelve persistente, excesiva y comienza a afectar la vida diaria, las relaciones, el sueño, el rendimiento escolar o la participación en actividades cotidianas, debemos mirar que estamos frente a una señal que merece atención.
Esta distinción entre ansiedad normal y trastorno de ansiedad forma parte del enfoque presentado en mi material formativo sobre salud emocional, donde también se señalan cambios de ánimo, aislamiento, irritabilidad, dificultades para dormir y síntomas físicos como posibles manifestaciones de alerta.
La depresión, por su parte, no es simple tristeza, flojera ni falta de voluntad. Puede manifestarse como pérdida de interés, desesperanza, fatiga, dificultad para concentrarse, alteraciones del sueño, cambios en el apetito, llanto frecuente, irritabilidad, aislamiento o pensamientos de muerte.
Uno de los grandes desafíos para padres, cuidadores y educadores es aprender a diferenciar entre una tristeza pasajera y un sufrimiento emocional que necesita ayuda profesional.
No debemos esperar a que el adolescente se rompa para empezar a escucharlo.
A veces, detrás del silencio de un joven hay pensamientos intrusivos. En una situación de su aislamiento hay miedo. En presencia de irritabilidad hay preocupación acumulada. Detrás de su negativa a ir a la escuela puede haber una angustia profunda que no sabe explicar. En una expresión “no quiero” puede estar escondido un “no puedo”.
Las señales rojas pueden aparecer de muchas formas: cambios en el estado de ánimo, retiro de amigos y familia, dificultad para dormir, fatiga, pesadillas, dolores de cabeza o de estómago, desgano en las tareas, sensación de agobio o dificultad para concentrarse. A veces el cuerpo habla lo que la boca no puede decir. A veces la conducta grita lo que el alma calla.
Comprender la ansiedad y la depresión en adolescentes exige una mirada profunda y humanizadora. Bowlby (1988) nos recuerda que el vínculo afectivo sigue siendo una base de seguridad emocional, incluso cuando el adolescente parece distante o autosuficiente. Erikson (1968) interpreta esta etapa como un momento decisivo en la construcción de la identidad, donde el joven busca responder quién es y qué lugar ocupa en el mundo. Goleman (1995) plantea la importancia de reconocer, comprender y regular las emociones como parte esencial del desarrollo humano. Beck (1976), por su parte, permite comprender cómo ciertos pensamientos negativos persistentes pueden alimentar la tristeza, la desesperanza y la depresión.
Y desde la literatura testimonial, Piedad Bonnett (2013), en Lo que no tiene nombre, nos acerca al territorio más íntimo del sufrimiento mental, el estigma, el duelo y la urgencia de escuchar a tiempo. Bonnett narra, desde el dolor de madre, la batalla de su hijo Daniel contra una enfermedad mental y reflexiona sobre el suicidio, la dignidad, el estigma y el dolor que permanece en quienes aman. Su voz nos recuerda que el sufrimiento psíquico no puede ser reducido a una conducta ni a una etiqueta; es una experiencia humana profunda que necesita ser escuchada, acompañada y comprendida con respeto.
Estas cinco voces nos invitan a no reducir el dolor adolescente a “rebeldía” o “drama”, sino a entenderlo como un llamado urgente a acompañar, orientar y proteger la vida.
Vivimos en un tiempo donde los jóvenes están hiperconectados, pero muchas veces emocionalmente solos. Las redes sociales, la comparación constante, las altas expectativas, la presión por tener éxito y un mundo que a veces se percibe amenazador pueden convertirse en cargas demasiado pesadas para una mente que aún está en desarrollo.
Sin embargo, no todo está perdido. La ansiedad y la depresión pueden ser acompañadas. La prevención es posible. La escucha salva. La presencia familiar protege. La escuela puede convertirse en un espacio de apoyo. La comunidad puede abrir caminos. Y la ayuda profesional puede marcar una diferencia profunda.
Los padres y cuidadores no tienen que convertirse en terapeutas; necesitan convertirse en adultos disponibles. Prestar atención a los sentimientos, validar las preocupaciones, reducir el caos en casa, crear rutinas, ayudar a mantener hábitos saludables, promover el movimiento, combatir el aislamiento y buscar ayuda cuando sea necesario son acciones que pueden sostener emocionalmente a un adolescente.
Pero acompañar no significa sobreproteger. No se trata de rescatarlo de todos los miedos ni de hacer excepciones permanentes por la ansiedad. Se trata de caminar junto a él mientras aprende, poco a poco, a enfrentar lo que le asusta con seguridad, amor y orientación.
Un adolescente necesita escuchar frases que no lo hundan, sino que lo sostengan:
“Te creo.”
“Lo que sientes importa.
“No tienes que atravesar esto solo.”
“Vamos a buscar ayuda juntos.”
“Estoy aquí, aunque no tenga todas las respuestas.”
La familia latina posee un tesoro emocional que puede convertirse en factor de protección: el sentido de comunidad, la palabra afectiva, la mesa compartida, el abrazo, la espiritualidad, la memoria de los abuelos, la historia familiar y la conversación profunda. Pero también debemos reconocer que todavía existe miedo o vergüenza al hablar de salud mental.
Por eso es urgente cambiar el lenguaje: pedir ayuda no es fracaso; hablar de depresión no atrae el problema; ir a terapia no es debilidad. Es cuidado. Es responsabilidad. Es amor por la vida.
La adolescencia no necesita adultos perfectos. Necesita adultos emocionalmente presentes.
Este ensayo nace desde una convicción profunda: debemos mirar a nuestros adolescentes con otros ojos. No solo como estudiantes que deben rendir, hijos que deben obedecer o jóvenes que deben “portarse bien”, sino como seres humanos en construcción, con heridas, miedos, talentos, sueños y necesidades emocionales.
Cuando un adolescente se siente visto, algo comienza a repararse. Cuando se siente escuchado, el dolor encuentra salida. Cuando se siente acompañado, la desesperanza pierde fuerza.
Quizás la gran tarea de nuestro tiempo sea volver a escuchar. Escuchar sin prisa. Escuchar sin juzgar. Escuchar sin interrumpir. Escuchar incluso cuando el adolescente no sabe ordenar sus palabras.
Y tal vez, en medio de esa escucha, podamos hacer una pregunta sencilla, pero profundamente humana:
“¿Qué está pesando en tu corazón?”
Y luego hacer lo más importante:
Quedarnos para acompañar, orientar, buscar ayuda y recordarles que su vida importa.
Porque prevenir la ansiedad, la depresión y el sufrimiento emocional adolescente comienza muchas veces con un acto aparentemente pequeño, pero inmenso: mirar a un joven a los ojos y hacerle sentir que no está solo.
Cierre reflexivo
Nuestros adolescentes no siempre piden ayuda con palabras. A veces la piden con su silencio, con su enojo, con su cansancio, con su aislamiento o con su mirada perdida. Como padres, educadores y comunidad, estamos llamados a aprender ese lenguaje invisible del dolor.
Escuchar también es una forma de amar.
Acompañar también es una forma de prevenir. Y estar presentes puede ser, para un adolescente, el primer paso para volver a la vida.
Referencias
Beck, A. T. (1976). Terapia cognitiva y trastornos emocionales. International Universities Press.
Bonnett, P. (2013). Lo que no tiene nombre. Alfaguara.
Bowlby, J. (1989). Una base segura: Aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Paidós.
Erikson, E. H. (1974). Identidad, juventud y crisis. Paidós.
Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Kairós.
Palacios, L. M. (2026). La ansiedad y depresión: Salud emocional [Presentación]. Material de autoría.

