El niño curioso que soñaba con la ciencia

Baruj Benacerraf nació el 29 de octubre de 1920 en Caracas, Venezuela, en el seno de una familia sefardí de origen marroquí y español. Su padre, Abraham Benacerraf, fue un empresario textil, y su madre, Esther Lasry, una mujer culta y dedicada al hogar.

Desde pequeño mostró un vivo interés por la lectura y los fenómenos naturales. Su infancia transcurrió entre Caracas y París, donde vivió varios años antes de que su familia emigrara a Estados Unidos. Esa mezcla de culturas marcaría para siempre su identidad: un ciudadano del mundo con raíces profundamente venezolanas.

De estudiante caraqueño a médico en Columbia

Ya en Estados Unidos, Baruj decidió estudiar medicina en la Universidad de Columbia en Nueva York, donde se graduó en 1945. Aunque comenzó su carrera como médico clínico, pronto comprendió que su verdadera vocación estaba en la investigación científica.

Su fascinación por los mecanismos internos del cuerpo humano lo llevó a especializarse en inmunología, una rama que en aquel entonces apenas comenzaba a desarrollarse como disciplina independiente. Trabajó primero en laboratorios en Francia, y luego en reconocidas instituciones norteamericanas, entre ellas el Instituto Nacional del Cáncer (NCI) y la Universidad de Harvard, donde formó parte del cuerpo docente y dirigió programas de investigación que marcaron una época.

Un descubrimiento que cambió la medicina

El gran mérito de Baruj Benacerraf fue haber identificado los genes que controlan las estructuras de la superficie celular, responsables de regular las reacciones inmunológicas del cuerpo. Sus hallazgos explicaron por qué el sistema inmunitario acepta o rechaza tejidos extraños, lo que fue esencial para los trasplantes de órganos y para el estudio de enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide o el lupus.

Este trabajo monumental le valió, junto a los científicos Jean Dausset y George D. Snell, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1980. Su descubrimiento no solo cambió la medicina, sino que también transformó la comprensión moderna del sistema inmunológico.

Ciencia, docencia y legado

Benacerraf no se limitó a la investigación. Fue un maestro y líder académico ejemplar. Durante su carrera en Harvard impulsó a decenas de jóvenes investigadores y promovió una visión humanista de la ciencia.

Sus alumnos lo recordaban como un hombre disciplinado, exigente y profundamente generoso con el conocimiento. Creía que la ciencia debía estar al servicio de la humanidad y que los descubrimientos solo tenían sentido cuando mejoraban la vida de las personas.

En 1998 publicó su autobiografía, “From Caracas to Stockholm: A Life in Medical Science”, donde narra su vida desde su niñez en Venezuela hasta su consagración como premio Nobel. En ella deja ver su humildad, su amor por la ciencia y su permanente gratitud hacia sus raíces latinoamericanas.

Un venezolano universal

Aunque desarrolló la mayor parte de su carrera en Estados Unidos, nunca dejó de sentirse venezolano. En numerosas entrevistas expresó su cariño por su país natal y su deseo de que las nuevas generaciones de jóvenes latinoamericanos se apasionaran por la investigación científica.

Benacerraf falleció el 2 de agosto de 2011 en Boston, a los 90 años, dejando un legado que trasciende fronteras y generaciones. Su nombre figura entre los grandes pioneros de la biología moderna y es motivo de orgullo para toda América Latina.

Reflexión final

Baruj Benacerraf demostró que la ciencia no tiene nacionalidad, pero sí raíces. Su vida fue un puente entre culturas, entre continentes y entre generaciones.

De Caracas a Harvard, de los laboratorios al Nobel, su historia nos recuerda que la curiosidad, la perseverancia y el amor por el conocimiento son los verdaderos motores del progreso humano.

Fotografía: cortesía de la Fundación del Premio Nobel