La alimentación durante la primera infancia es un factor determinante en el crecimiento físico, el desarrollo cognitivo y la formación de hábitos saludables que acompañarán al niño durante toda su vida. Entre los 2 y los 5 años, los niños atraviesan una etapa de cambios acelerados en la que el cuerpo y el cerebro requieren nutrientes de alta calidad, ofrecidos de forma equilibrada y constante.
En la actualidad, uno de los principales retos de la alimentación infantil es la creciente presencia de alimentos ultraprocesados, altos en azúcares añadidos, sodio y grasas poco saludables. Estos productos, aunque prácticos, desplazan alimentos frescos y nutritivos, afectando la calidad de la dieta y aumentando el riesgo de sobrepeso, deficiencias nutricionales y alteraciones metabólicas desde edades tempranas.
Una alimentación infantil adecuada debe basarse en la variedad y el equilibrio. Las frutas y verduras ocupan un lugar central, ya que aportan vitaminas, minerales, fibra y antioxidantes esenciales para fortalecer el sistema inmunológico y favorecer una buena digestión. A esto se suman las proteínas de calidad, como pollo, pescado, huevos, legumbres y carnes magras, fundamentales para el desarrollo muscular y cerebral. Los carbohidratos complejos, presentes en granos integrales, arroz, avena y pan de fibra, proporcionan energía sostenida y ayudan a mantener niveles estables de azúcar en la sangre.
Las grasas saludables también cumplen un rol importante cuando se consumen en cantidades moderadas. Alimentos como el aguacate y el aceite de oliva favorecen la absorción de vitaminas y contribuyen al desarrollo neurológico. Asimismo, los lácteos o sus alternativas fortificadas aportan calcio y vitamina D, nutrientes clave para el crecimiento óseo.
Más allá de los alimentos, los hábitos juegan un papel fundamental. Establecer horarios regulares para las comidas, ofrecer los alimentos sin presión y fomentar un ambiente tranquilo en la mesa contribuye a que los niños desarrollen una relación positiva con la comida. Comer en familia, sin distracciones como pantallas, permite que los niños aprendan por imitación y reconozcan las señales naturales de hambre y saciedad.
Es importante reconocer que la selectividad alimentaria es común en estas edades. El rechazo a ciertos alimentos, colores o texturas forma parte del desarrollo normal y suele resolverse con paciencia y exposición repetida, sin forzar ni castigar. Cada niño tiene su propio ritmo y necesidades particulares.
Dado que cada niño es único y puede presentar requerimientos específicos según su crecimiento, nivel de actividad o condiciones de salud, es fundamental que cualquier cambio significativo en la alimentación sea acompañado por orientación profesional. Se recomienda consultar regularmente con el médico pediatra del niño y, cuando sea posible, con un dietista o nutricionista especializado en infancia. Estos profesionales pueden evaluar el estado nutricional, orientar sobre porciones adecuadas y adaptar la alimentación a las necesidades individuales.
Una alimentación equilibrada en los primeros años no solo nutre el cuerpo, sino que sienta las bases para una vida más saludable, consciente y plena.

