A Luz Marina Palacios. Educadora en Bienestar Emocional

A las víctimas del terremoto, a sus familias y a toda mi amada Venezuela, les envío un abrazo nacido desde lo más profundo del corazón. Cuando la tierra tiembla, también tiembla el alma. Se estremecen los hogares, los recuerdos, la seguridad y esa calma que muchas veces creemos permanente.

El dolor de quienes perdieron a un ser querido, su vivienda o parte de su historia no puede medirse con palabras. Cada pérdida deja una herida distinta, y cada persona necesita su propio tiempo para comprender lo sucedido. En momentos así, llorar no es debilidad. Sentir miedo, angustia o tristeza es parte de una respuesta humana ante una experiencia que rompe nuestra cotidianidad.

Pero este duelo no pertenece solamente a quienes estuvieron más cerca del desastre. Todo un país siente el impacto. Venezuela entera se conmueve cuando una familia sufre, cuando una comunidad queda herida o cuando una vida cambia de manera inesperada. Por eso, la recuperación también debe ser colectiva.

Hoy más que nunca necesitamos acompañarnos. Escuchar sin juzgar, ofrecer una mano, compartir lo que tenemos y mantenernos atentos a quienes se sienten más vulnerables. A veces no podremos reconstruir de inmediato una casa, pero sí podemos ayudar a reconstruir la confianza, la esperanza y la voluntad de continuar.

A quienes hoy sienten miedo, quiero decirles que no están solos. El temblor pudo mover la tierra, pero no podrá destruir la fuerza de un pueblo que sabe levantarse. Venezuela ha atravesado momentos muy difíciles y, aun así, conserva esa capacidad de tender la mano, abrazar al vecino y encontrar luz en medio de la incertidumbre.

Sanar después del terremoto será un proceso. Habrá días de lágrimas, silencios y cansancio. También habrá días en los que una palabra, una ayuda o un pequeño gesto nos recuerde que la vida continúa. No se trata de olvidar lo sucedido, sino de aprender a caminar con la memoria sin permitir que el miedo gobierne para siempre.

A toda Venezuela le digo: cuidemos nuestras emociones, cuidemos a nuestros niños, a nuestros adultos mayores y a quienes han perdido tanto. Hagamos de la solidaridad una manera de sostenernos. Que cada abrazo se convierta en refugio y cada palabra en una puerta hacia la esperanza.

Venezuela, hoy estás herida, pero no vencida. Tus hijos siguen de pie, tus comunidades siguen unidas y tu corazón continúa latiendo. Después del temblor vendrá la reconstrucción, y con ella, la oportunidad de levantarnos juntos, con más humanidad, más sensibilidad y más amor.

Nunca es tarde para comenzar.

“Nunca es tarde para volver a creer, sanar las heridas, reconstruir los sueños y permitir que la esperanza nos enseñe nuevamente el camino.”

Luz Marina Palacios